Uno de los momentos más sorprendentes en todos los circos es cuando el malabarista hace el juego de los platos. Es decir, cuando uno a uno hace girar unos platos sostenidos sobre varas individuales, ubicados uno al lado del otro, y la gracia es que giren al unísono sin que se caiga ninguno.
En el malabarista eso implica gran destreza física, absoluta concentración, enorme sensibilidad para detectar si algún plato no está girando a la velocidad requerida -por lo que podría estar en riesgo de estrellarse contra el piso…-, y además, la elegancia de ejecutar todo con tanta naturalidad e inteligencia que nadie perciba el esfuerzo que realiza y todo parezca fácil.
‘Cuánta similitud’, se me ocurre pensar cuando veo actuar a nuestro presidente. Cada vez que se comunica con todos nosotros en cada una de sus presentaciones públicas muestra esa paciencia del que está seguro de lo que hace y tiene claro que de su tranquilidad depende gran parte del éxito de su compleja gestión. Pero como el malabarista, que pasa horas de sus días practicando su prueba con absoluta entrega a su profesión, es posible imaginar que detrás de este hombre que gobierna para todos los argentinos hay un ser humano que duerme sólo unas horas por noche para lograr que ningún plato se estrelle. Porque tiene que resistir el acecho despiadado de los bonistas externos e internos, que pretenden no aceptar la quita del canje; a los formadores de precios, que sin aumentos exógenos se las arreglan para que la inflación no cese, pese a que no hay un solo elemento que justifique el alza de la canasta familiar; al periodismo hegemónico y cipayo, que sólo sabe operar con mentiras, mientras insiste en conseguir consenso contra la cuarentena pintando pavorosos cataclismos económicos; y finalmente enfrentando al poder real, o sea el financiero, dispuesto a impedir que salgamos airosos -como se ve que lo estamos consiguiendo-, de la pandemia más espantosa que hayamos conocido.
Pero no hay que preocuparse, porque estamos en las mejores manos: Alberto Fernández. Un presidente que nos habla con afecto, que consulta, investiga y luego comparte la información. Que nunca se va a guiar por lo que le conviene decir, sino que siempre dice lo que piensa, y que su discurso expresa la cuota de serenidad, que es la verdadera madrina de la gran batalla por la salud. Quedémonos tranquilos, el malabarista sabe lo que hace, y los platos no se van a estrellar.






