1. Las estadísticas suelen ser autoritarias: en esos casos, sus verdades nacen de operaciones contables en las que la suma de los hechos al mismo tiempo los explican. Es decir: un hecho es un producto necesario de su cantidad.
2. En la ciudad 8 de cada 10 muertos por coronavirus son adultos mayores. El promedio de la edad de los muertos es de 71 años. 490 mil habitantes de la ciudad tienen más de 70 años. Estos números son utilizados por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para prescribir que los mayores de 70 años no pueden salir más a la calle sin autorización. Un número puede ser peligroso. Muchos números interpretados pueden representar el terror.
3. ¿Cómo se pasa de los números al terrorismo? Como en todo desplazamiento en el lenguaje: moviéndose de una posición a otra sin que ese movimiento quede en evidencia. En el razonamiento que se pretende instalar desaparece toda diferencia entre un viejo que se mueve y un viejo que se muere. Es decir: el único modo de no morir es asumir la posición de quien ha muerto. El movimiento cero: una posición de infinita quietud. Un fordismo de la pasividad: pocos o ningún movimiento administrado en el mundo privado.
4. ¿ Qué supone eso ?. La concepción de una vejez donde se ha abolido toda subjetividad y toda conciencia. Así hemos pasado desde los números hacia el terror: el terrorismo es aquello que adviene cuando el ejercicio de la libertad desencadena la muerte. Dicho de otro modo: no hay nada más aterrador que la superposición de la libertad y la muerte. De eso sabemos mucho los argentinos y argentinas.
5. Por eso, para circular en casos imprescindibles, los adultos mayores deberán llamar al 147 para obtener un código. Entonces: el movimiento de los viejos y viejas por el territorio de la ciudad estará sujeta a una codificación estatal que medirá la distancia de cada uno de esos pasos en el espacio exterior con su propia posibilidad de morirse.
6. Si no los mata el movimiento los matará la ausencia de movimiento: si sale a la calle está el virus, si se queda en su casa lo espera el encierro, la depresión o la oscuridad. Los viejos y las viejas de la patria no pueden estar entre la espada y la pared, es decir, entre la muerte y la muerte. Efectivamente: tienen que quedarse en sus casas. Todo lo que más puedan. Pero no porque los obligue la Gendarmería sino porque les insistamos con la necesidad de que se cuiden, por la solidaridad que les brindemos, por su propia conciencia de cuidarse. Siempre es mejor el amor que el miedo.






