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Un año más, Argentina recordaba la figura del escritor Ricardo Rojas en el día de su muerte, el 29 de julio, con la celebración del Día de la Cultura Nacional. Así se constituyó por decreto en 1982, 25 años después de su fallecimiento, y a día de hoy sigue siendo un gran festejo para ensalzar los valores del pueblo argentino. La importancia que el país le da a la cultura también se hace evidente en la organización de otros eventos como sus fiestas nacionales o la Feria de Editores.

Precisamente las letras argentinas son uno de los pilares culturales de los que más orgullosos se sienten los ciudadanos del país, que ha dado a narradores de la talla de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Jorge Bucay, Rodolfo Walsh o Claudia Piñeiro, todos ellos con reconocimiento internacional. Siendo una de las más prolíficas del mundo, la literatura transalpina ha pasado por muchas etapas, como el boom latinoamericano de los años sesenta y setenta o la crisis de 2001.

Coincidiendo con el cambio de milenio, Argentina sufrió un fuerte colapso financiero como consecuencia directa de, por un lado, el famoso corralito con el que el gobierno restringió la libre disposición de dinero, y por otro, de las varias revueltas populares que se alzaron por todo el territorio y causaron una inestabilidad política. Esta crítica situación afectó enormemente el país a todos los niveles y forzó también la creación de actividades culturales auto gestionadas.

Son un ejemplo los centros culturales que se establecieron en los barrios y las editoriales independientes que dieron a conocer una nueva hornada de escritores. Poco después se consolida la Nueva Narrativa Argentina, una literatura más experimental, en la que tiene mucho peso Internet y con la que se reivindican los libros como un bien de interés colectivo. Se da paso, además, a otras temáticas y cogen fuerza géneros como la autobiografía.

Durante los últimos 20 años, estos sellos pequeños han ido trampeando las adversidades y han conseguido publicar auténticas joyas literarias. Pero esa época de apogeo podría haber llegado a su fin. La cruda realidad es que las ventas de libros han caído en un 50%. Los grandes nombres que nacen fuera del circuito tradicional se van a editoriales grandes porque les pagan más y tienen más facilidades para exponer sus obras en las librerías.

Tampoco ayuda la delicada situación política, económica y social por la cual atraviesa en la actualidad el país. Esta nueva crisis podría de nuevo tener fatales consecuencias para la industria literaria argentina, como ya pasó en 2001. Las editoriales independientes están ahora de nuevo en estado de alerta. Los sueldos bajan por culpa de la inflación mientras aumentan los costes de producción. Los políticos, con otras preocupaciones, dejan a un lado la promoción de la lectura.

Todo ello pone una amenaza real sobre los sellos no convencionales que en su día revolucionaron el sector y que ahora podrían acabar por desaparecer. La Feria de Editores ayudó a darles un espacio y un reconocimiento a estos escritores noveles y a sus editores, que aprovecharon la cita anual para establecer relaciones con libreros venidos de otros países latinos. Ahora a las casas editoras, grandes, medianas y pequeñas, se les presenta un nuevo reto. ¿Conseguirán superarlo?