- El enojo, en Alberto Fernández, integra su dispositivo político. Ante una política mal implementada –el pago a los jubilados que terminó en largas colas o la compra de alimentos para la emergencia con sobreprecios– el Presidente se pone de malhumor pero, además, ese malhumor se hace público. La alteración del ánimo presidencial es parte de su política comunicacional.
- El malhumor presidencial aparece como un intento de corte en la cobertura crítica de los medios. El enojo cambia la posición del gobierno ante los errores. No es un gobierno que no comete errores. Es un gobierno que los resuelve rápido. Cambiemos también reconocía los errores pero para seguir cometiéndolos. Había en ellos una retórica del perdón: es decir, pedían perdón por lo que seguían haciendo. Porque la palabra perdón hacía referencia a iniciativas que perjudicaban a las mayorías y que eran parte estructural de sus políticas. En cambio, Alberto Fernández utiliza los errores para construir un temperamento: no los niega ni los justifica se enoja ante ellos y moviliza al gobierno para resolverlos.
- Por eso, ante los errores el Presidente se indigna. De ese modo, realiza un movimiento novedoso que consiste en dirigir la indignación contra sí mismo o contra sus funcionarios. Interrumpe así una tendencia estructural de la sociedad argentina que consiste en acumular indignación y dirigirla integralmente hacia otros. Esta externalización emocional ha sido el modo dominante de producción de la política argentina. El género que hace posible ese desplazamiento es la denuncia entendida como un equilibrador de la vida interna de los denunciantes: estos se tranquilizan cuando combaten el individualismo de la corrupción para que quede sólo en la escena su propio individualismo sistémico.
- Entonces, Alberto Fernández enfrenta los errores de sus funcionarios a través de fuertes descargas emotivas. Si fuera un emoticón sería la carita roja de rabia. También dice que se “sintió mal”. Lo que pasa afuera le pasa adentro. El enojo supone un desplazamiento del Presidente por el organigrama estatal: va hacia el área donde se produjo el problema y la pone coyunturalmente bajo su control. Es decir: el malhumor presidencial es el motor que mueve a Alberto Fernández por la geografía deficitaria del Estado. De este modo, enojo y déficit estatal confluyen en la construcción de un estilo.
- Los grandes medios arman escalas: no hay noticias sin cuantificaciones. Entonces, la pregunta es en torno al modo en que se distribuye el enojo presidencial sobre un ranking de funcionarios. Por eso, aparece una cuantificación y distribución del malhumor sobre Alejandro Vanoli, Miguel Pesce y Daniel Arroyo que integran hoy la escala periodística del déficit estatal.
- El cronómetro de la muerte difunde su parte diario todas las noches. En ese escenario, Alberto Fernández detenta el saber histórico del Peronismo y sólo invierte su aplicación: en lugar de generar concentraciones y multitudes trabaja para evitarlas o hacer que no se produzcan. Luchar contra el virus es practicar un Peronismo al revés.
- Por eso, las colas y aglomeraciones en los bancos atentaron contra el saber histórico de la cultura gubernamental: esa sofisticada aplicación de las destrezas para movilizar y, por lo tanto, de las destrezas para desmovilizar. También la explicación del Ministerio de Desarrollo Social sobre los sobreprecios a los alimentos atenta contra esa misma cultura política: el manual básico de esta dice que en la negociación con los actores económicos no puede haber mayor poder que el poder del Estado. Por eso la autoridad estatal siempre ha sido escenificada por los grandes medios como un poder excesivo. Paradójicamente, ahora es puesto en escena como un poder deficitario.
- Es uno de los problemas del momento: se necesita un Estado muy fuerte pero se ha heredado un Estado muy débil. Entonces, es necesario ir construyendo otro Estado mientras se opera con el Estado que se tiene en el exigente escenario de la Pandemia.






