Alemania, enero de 1990, a pocos meses de la caída del muro. Un grupo de periodistas argentinos realizábamos una visita a los medios de comunicación que incluía los audiovisuales, gráficos, y agencias de noticias. Eran los tiempos en que las embajadas entendían que era muy bueno que la prensa conociera la cultura y la forma de vida de sus respectivos países. Recordemos que el neoliberalismo arrasó hasta con esas buenas costumbres.

Fue una visita muy reveladora. Allí aprendimos que en Alemania toda la educación era pública y que las únicas excepciones eran las destinadas a los hijos de diplomáticos, pero en las que también el Estado se hacía cargo de salarios de maestros y profesores. También fue sorprendente la forma de ejercer nuestra profesión. En la gráfica las decisiones no las tomaba el jefe de redacción. Cada sección definía con su responsable de una manera muy democrática lo que se publicaría y esto se informaba en la reunión de sumario.

Al margen de visitar medios, también nos armaron reuniones con especialistas. Fue en una de esas con economistas que comenzaron a disertar sobre África y cómo trataban -según ellos– de conseguir benefactores para ayudar en la pobreza. Y fue así que cuando nuestro Alberto habló del tema durante la videoconferencia con los lideres del G20 me retrotrajo al encuentro en Berlín. Recuerdo que les sugerí que tal vez podrían reparar en las necesidades de América Latina, ya que en nuestro recorrido quedaba claro el desarrollo alcanzado y cuánta riqueza habían acumulado con el llamado milagro alemán.

Entonces se me ocurrió compartir una idea que me perseguía y les lancé: si proyectándose a un tiempo futuro, los que acumulan tanta riqueza no piensan que condenando a tanta gente en el mundo a la pobreza más extrema, puede llegar a pasarles que un día se levanten y no quede nadie en la tierra para cultivar una papa o servirles un café. Nadie me respondió.