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lunes, enero 30, 2023
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Galasso de media cancha

El ensayista e historiador habló sobre la Revolución de Mayo y analizó la coyuntura del presente. Sostuvo que «la revolución de mayo fue democrática pero no separatista, se vuelve independentista después de 1.813».

Afirmó que la revolución de mayo del año 1.810 fue democrática y no separatista, porque «la primera junta jura lealtad a Fernando VII». Y agregó que «se convierte en revolución independentista después de 1.813 cuando quedar ligados a España significaba retroceder a una política conservadora, feudal».

El historiador sostuvo que lo fundamental de la revolución tiene que ver con dos aspectos, uno con el programa de medidas relativas al crecimiento económico y distribución de la riqueza, y el otro con la presencia del pueblo en la calle.

Amplió que «hay que insistir en la presencia del pueblo en la calle, que es característico del movimiento nacional». Y opinó que «la pandemia nos privó de esto, y me refiero puntualmente a la movilización por parte de los sindicatos».

Por otro lado, el ensayista habló del presente y afirmó que «hay una confianza popular en el nuevo acuerdo con el FMI pero el organismo tiene intereses de todos los países y son extorsivos». Aún así, expresó que «creo que no había otra solución, el problema es que se acentúa la desigualdad y hay una gran inflación».

Por último, sostuvo que la fuerza política está ligada a la organización popular en las calles y la existencia de un programa de cambios que enfrente a los intereses de las corporaciones. Y concluyó que hay que insistir en «transmitir lo que pasó con el neoliberalismo y la pandemia, junto a las medidas que se han hecho, al pueblo».

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Jorge Abelardo Ramos en el programa Galasso de media cancha. Ensayista, historiador y periodista de enorme talento. Escribió una profusa obra historiográfica que esclareció a varias generaciones. Políticamente comenzó en el anarquismo y terminó como embajador de Menem.

Jorge Abelardo Ramos

Nace en Buenos Aires, el 23 de enero de 1921. Durante el colegio secundario milita en el anarquismo para convertirse luego en marxista, por influencia de Adolfo Perelman; quien también le abre la puerta a la obra de Trotsky. Desde la revista Octubre, en 1945, caracteriza al peronismo como un movimiento nacional,  popular, antiimperialista y  “bonapartista”. Considera que hay que darle “apoyo crítico”, pues el peronismo cumple una tarea de liberación nacional. En 1949, publica América Latina, un país. El libro  -mezcla de nacionalismo y marxismo- despierta el interés de Manuel Gálvez, quien lo felicita y le dice que ha donado un ejemplar al Jockey Club. El libro,  criticado por Enrique Rivera, luego es secuestrado  por la Comisión Visca. Entre 1951 y 1955, Abelardo Ramos, con el seudónimo de Víctor Almagro, publica varios artículos en el diario Democracia, que luego se convertirán en el libro de Octubre a Septiembre. También escribe en La Prensa, expropiada por Perón y entregado a la C.G.T. En 1954, publica Crisis y resurrección de la literatura argentina, en la que critica el servilismo de la intelectualidad criolla. Por esa época funda el Partido Socialista de la Revolución Nacional. En 1957, lanza Revolución y contrarrevolución en la Argentina, uno de sus libros más importantes. Dos años después publica Perón, historia de su triunfo y su derrota, e Historia política del ejército argentino. En 1961, lanza Manuel Ugarte y la revolución latinoamericana, y en 1962, El Partido Comunista en la política argentina, su historia y su crítica. Por ese tiempo funda el Partido Socialista de la Izquierda Nacional, al que se agrega luego un grupo orientado por Ernesto Laclau. En 1968, Abelardo Ramos publica Ejército y semicolonia y también Historia de la nación latinoamericana, y en 1969 aparece Bolivarismo y Marxismo. En 1973, desde el F.I.P., se presenta a elecciones llevando a Perón en la boleta.  Con la consigna “votar a Perón desde la izquierda”, consigue 900.000 votos. En 1981, reedita La era del peronismo. Producida la guerra de Malvinas, Ramos exacerba su nacionalismo acercándose a los militares. En 1989, y para rematar penosamente su carrera, acepta la embajada que le ofrece Menem en México. Muere en Buenos Aires, el 2 de octubre de 1994.

Ilustración: Luis Schinca. 

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El programa que conducen Norberto Galasso Fabián Mettler se emite todos los domingos a las 13 por Radio Caput.

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Luis Alberto Murray en el programa Galasso de media cancha. Narrador, poeta y periodista de vasta trayectoria, publicó varios libros entre los que se destacan: Pro y contra de Alberdi y Pro y contra de Sarmiento, este último con prólogo de Arturo Jauretche.

Luis Alberto Murray

Nace en Buenos Aires, el 10 de marzo de 1923. Se desempeña como profesor de historia en distintos establecimientos educativos, incluida una escuela de la C.G.T. Ejerce como periodista durante casi medio siglo, escribiendo en Crítica, De Frente, La Hipotenusa, Mayoría, Línea, Vea y Lea,  Confirmado y Clarín. En este último diario se jubila, después de trabajar durante  veinte años. También se desempeña durante un tiempo en TELAM, hasta que la dictadura del 76 lo deja cesante. Fue jefe de redacción del periódico Democracia y de El Pueblo, de orientación católica. Como periodista funda con  otros colegas  la Academia Nacional de Periodismo. A la intensa actividad periodística, Luis Alberto Murray le suma una incursión fructífera por la poesía publicando: Primera Colección (1950), Tránsito (1959), Una mujer y un hombre (1959), América clavada en mi costado (1968), De pie entre los relámpagos (1980) y Penúltima palabra, en 1989.  Siente también una gran pasión por la historia argentina que lo lleva a investigar y publicar, desde una óptica revisionista, sus dos libros más conocidos: Pro y contra de Alberdi, en 1960, (edición aumentada con dos ensayos: Mitre y su traducción de la Divina Comedia, y Caseros y Pozo de Vargas, con prólogo de Fermín Chávez, en 1969) y Pro y contra de Sarmiento, en 1974, con prólogo de Arturo Jauretche. En este  prólogo, el autor del Manual de zonzeras argentinas, reconoce a Sarmiento –para sorpresa de muchos- como “la más alta figura intelectual y el primero – no sólo en el tiempo – de los prosistas argentinos”, defendiéndolo de este modo no solo de los sarmientinos, sino también de los excesos del revisionismo. Murray, tiempo después –en 1978-, publica una biografía del fundador de Clarín, Roberto Noble. Luego, en 1981, publica Historia es decir política y en 1983 Crisis del peronismo: factores y remedios del revés electoral. Tiempo antes ha publicado Invenciones, Relatos de humor negro y Humorismo Argentino. En este último libro, publicado en 1961, aborda brevemente a Eduardo Wilde, Lucio Mansilla, Alberto Gerchunoff, Fray Mocho, Macedonio Fernández, entre otros. Murray se definió como peronista y en el campo historiográfico estuvo cercano a Fermín Chávez. Falleció en Buenos Aires, el 31 de julio de 2002.

Ilustración: Luis Schinca. 

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Por Fabián Mettler

10 de noviembre. Día de la Tradición. 

El tropel de caballos avanzaba al galope por el solitario camino. Los cascos martillaban frenéticamente la tierra, envolviendo a los jinetes en una espesa cortina de polvo. Hacía tiempo que no llovía por allí. El calor de enero calcinaba el suelo polvoriento y cuarteado por la seca del verano. Algunos panaderos se desprendían de los cardos, pero la falta de viento los hacía rodar sin ganas hasta perderse en alguna rajadura del camino. Los caballos marchaban aplastados por la sed y por el esfuerzo del galope, pero ningún jinete amagaba con detenerse. El objetivo que perseguían estaba cerca y eso les cebaba el odio y la codicia. No solo querían cumplir con las órdenes del Gobierno, sino también recibir la recompensa que les prometía el decreto de captura.
-Hay que pegarle un trecho más –dijo el que conocía el lugar-. Hay que bandiar la lomadita aquella y dentrar pa dentro, pa´quel lao.
El jefe detuvo la marcha. Habló con el puñado de subalternos que lo flanqueaban e indicó con el rebenque los puntos del ataque. Estos transmitieron la orden a los que venían detrás. Algunos se apearon y otros se internaron a caballo en el monte.
Mientras tanto, del otro lado de la lomada…
¡M´hijo, vaye y atranque la puerta! Yo vi´a descabezar un cortito.
-Voy, tata. Ya voy.
El hombre se sacó las botas y las apoyó en el piso de tierra. Dejó el cuchillo a prudente distancia y se aflojó el nudo del pañuelo. La lona del catre se tensó bajo el peso del cuerpo fibroso. Hacía mucho calor, pero igual se acostó vestido.
“¡Mandinga, como han cambiao los tiempos! Poner candao en medio e´la pampa. ¡Qué barbaridá! Esto sí que es de no cre’r; si salgo entero de esta…”. Los pensamientos se le hicieron borrosos y no tardó en dormirse. Estaba muy cansado, la noche anterior se había quedado escribiendo hasta el amanecer.
El techo de paja soportaba bien el sol, aunque algunos agujeritos filtraban la luz en finísimos hilos dorados. Adentro, la penumbra cubría el escaso mobiliario: dos catres, una silla, un par de cajones, una mesa y un candil.
¡Tata! ¡Tata! ¡Dispiértese! El Guardián aúlla fiero. Anda asustao, parece.
-¡Aserénese m’ hijo. Aserénese! – El hombre se incorporó entre dormido y refregándose los ojos se asomó por el ventanuco del rancho. A lo lejos distinguió una pequeña mancha marrón, casi pardusca, que se movía en el horizonte, arrugándose y estirándose.
¡Son ellos! –pensó, sobresaltado.
– ¡M’ hijo, escuenda aura mesmo los papeles esos… donde usté ya sabe! –un instante después, un voluminoso rollo con hojas escritas a mano y atado con un tiento quedó oculto en el lugar convenido-. Y usté quédese quietito. A usté no le va a pasar nada.
“¡Malditos porteños, maldita la traición de Urquiza! Si en Pavón flor de felpiada le dimos a estos mal arriados. Anque todo fue en balde, claro… Aura estos se cre´n los patrones del país. El pueblo anda de pión y ellos muy lindo, machacando con la cantinela del progreso. ¡Cha, que nos quieren engrupir fiero! Pero ya verán cuando…”.
El griterío que venía de afuera interrumpió las cavilaciones del hombre.
-¡Salí Matraca! ¡Salí, entregáte nomás! Estas rodeau, che. Salí pajuera, y no mezquinés el pescuezo.
Más de treinta jinetes uniformados aguardaban con los ojos clavados en la puerta del rancho, esperaban ver salir al hombre. Pero solo salió la voz:
– ¡Sinvergüenzas, canallas! Yo soy un argentino libre y con la conciencia limpia y sin cuentas con la justicia.
Sandes, que era el jefe, chasqueó el rebenque contra las botas y riendo burlonamente dijo:
-¡Que concencia, ni ocho cuartos! Venimos a llevarte Matraca. Aura mandamos nojotros, y los mal perjeñao como vos ya vienen aprindiendo a caminar derechito por la güeya.
-¿Quién los manda? ¡Digan carajo! ¿En nombre de qué autoridad vienen ustedes a matonear así?
-¿Cómo, acaso se t´ha olvidao que aura manda Don Bartolo? ¿Se t’ha olvidao eso? Debés saber che que el viejo Peñaloza ya no tiene donde calzar el sombrero, se le ha cáido la cabeza. Y a tu amigo López Jordán le venimos pisando las alpargatas. ¡Ansina que entregáte no más!
-¡Ni muerto!
La voz de trueno del perseguido enumeró desde adentro del rancho las crueldades de los perseguidores:
-¡Ustedes son unos asesinos! Fusilaron a los mejores hombres. Llenaron el país de huérfanos y viudas. Fueron un cometa de sangre, una lotería fúnebre que estremeció a las provincias con los más sangrientos horrores. Ustedes…
-¡Basta! ¡Hijuna gran puta! –gritó uno desde afuera- ¡Salí porque te vamo´a sacar a garrotazo limpio, como a laucha sarnosa!
-¡Métalen! –ordenó Sandes.
La puerta del rancho cedió al primer empujón. Adentro, el hombre esperaba con el cuchillo empuñado. Era un tigre acorralado; los ojos le llameaban de indignación. Sandes, fue el primero en entrar. Las miradas se chocaron rebrillando como dos relámpagos en la oscuridad. El hombre resistió heroicamente, pero la abrumadora superioridad de los otros inclinó la balanza para el lado de Buenos Aires.
-Aura, asujételen bien las patas –dijo Sandes- y cinchelon un par de güeltas por el cardal, ansí apriende a ser gente. El encargado de la tarea ajustó los lazos sin contemplaciones, envolviéndolo como a un matambre y dejándolo listo para el horrendo sacrificio. El niño sollozaba acurrucado en un rincón del rancho.
-¡También, álcesen todo lo que aiga! –siguió diciendo Sandes-, y esos papeles enrollaos que encontraron cázelon también. Dejuro va´ servir a los dotores pa sofrenar la jeta d´ este sanguango. Al gurisito, súbalon en ancas, alguna güena familia de Güenos Aires lo va´educar cresteanamente. Dispué, priendan juego tuito lo que aiga.
Al rato, las llamas molineteaban alborotadas convirtiendo la paja y el barro en un amasijo de humo y ceniza. En pocos minutos no quedó nada, solo un rectángulo humeante de tierra reseca y caliente. El Guardián, como adivinando la infinita maldad de esos hombres, se había ocultado desde el principio debajo del horno de barro. Desde allí, hecho una bolita de pelos, observaba la escena con ojos ateridos de pavor.
La partida amarró al prisionero a una cureña improvisada con un cuero de vaca, y partió al trote por el mismo camino que había llegado. A la tardecita, los hombres se apearon al costado de un arroyo para armar la ranchada y pernoctar. Sandes, picado por la curiosidad, pidió a su ayudante que le leyera el rollo secuestrado. Se comía las entrañas por saber qué barbaridades había escrito “su prisionero”. El ayudante desató el tiento y sacando la primera hoja, leyó en voz alta:

“Aquí me pongo a cantar /al compás de la vigüela, / que el hombre que lo desvela / una pena estrordinaria, /como el ave solitaria / con el cantar de consuela”.

Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Pedro Ferré en el programa Galasso de media cancha. Legislador y tres veces gobernador de Corrientes, bregó por la distribución de la renta aduanera entre las provincias y se opuso a la libre importación. Combatió al centralismo porteño, tanto unitario como rosista.

Pedro Ferré

Nace en Corrientes, el 29 de junio de 1788. Probablemente sea el único caudillo popular –dice Norberto Galasso- a quien una enciclopedia (la dirigida por Abad de Santillán), reconoce como “estadista”. Es que Pedro Ferré fue un gran conocedor –desde una óptica popular- de la política y la economía de su tiempo: proteccionismo, federalismo, rentas públicas, organización política. Tres veces gobernador de su provincia (1824-27, 1830-1833 y 1839-41), funda los pueblos de Caá Catí, Empedrado, Mercedes y Bella Vista. Introduce la imprenta, emite papel moneda, funda el Consejo de Educación y construye numerosas escuelas y edificios públicos. Políticamente se muestra crítico tanto del unitarismo como del federalismo rosista. “Rosas –dice Ferré- no quiere, por ahora que los empleados de los pueblos sean porteños, ni se fija que los gobernadores sean doctores o carniceros, en lo que se empeña es que sean dependientes suyos (…). Él cuida que no se hable de Constitución, ni de congreso y mucho menos de rentas nacionales… Ambos partidos se dirigen a un solo objeto, aunque por distintos caminos: dominar a las provincias, procurar la ruina de éstas y el engrandecimiento de Buenos Aires (…)”.  Ferré sostiene la necesidad de organizar federalmente el país, con fuerte participación de las provincias, arreglar el comercio extranjero y la navegación del Paraná y el Uruguay. Brega, también, por prohibir la importación de aquellos artículos que produce el país, e insiste en que lo recaudado como impuesto al comercio exterior debe repartirse entre todas las provincias, en proporción al consumo y producto de cada una, “dar este tesoro a una sola provincia (Buenos Aires) es sancionar la ruina de las demás”. Es uno de los caudillos más ilustrados de su tiempo, y uno de los que mejor comprende –en la década del veinte- que el comercio libre llevará a la ruina del país, por eso se muestra férreamente proteccionista y a favor de generar industrias en las provincias. En 1845, publica las “Memorias del brigadier General Pedro Ferré, octubre de 1821-diciembre de 1842”, en la que explica las razones de su lucha y las ideas que ha perseguido a lo largo de su vida. Fallece en Buenos Aires, el 21 de enero de 1867.

Ilustración: Luis Schinca. 

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Mateo Fossa en el programa Galasso de media cancha. Dirigente obrero de gran convicción y empuje revolucionario. Fue conocido como “el argentino que conversó con Trotsky”, a partir de una entrevista que le concedió el líder bolchevique en Coyoacán.

Mateo Fossa

Nace en Buenos Aires, en 1896, en el seno de una familia socialista. Termina la escuela primaria y se pone a trabajar como aprendiz de escultor y luego como tallista; profesión que ejercerá toda la vida. En 1914, se afilia al Sindicato de Tallistas y Escultores en Madera. Tiempo después, se integra a las Juventudes Socialistas, manifestándose –durante la Primera Guerra Mundial- a favor de la neutralidad. Este hecho le cuesta la expulsión, ya que la dirigencia del partido estaba a favor de los aliados. Al tiempo, se incorpora al Partido Socialista Internacional, luego devenido en Partido Comunista, desempeñándose simultáneamente como Secretario de la Federación de la Madera. Cuando se divide el Partido Comunista, Mateo Fossa y otros compañeros forman, en 1926, el Partido Comunista Obrero. La militancia política y gremial lo lleva reiteradamente a la cárcel, situación que no le impide seguir participando, ya que desde afuera, y en barras de jabón, le pasan documentos y declaraciones. Cuando se forma la Liga Antiimperialista lo nombran secretario de Relaciones Exteriores.  “Mateo Fossa –dice J. Solano- es una escuela viviente de cómo se lucha, minuto a minuto (…), sin desmayos, sin entregas, sin renuncias, por la revolución proletaria mundial”.  En 1938, viaja a México para participar de la constitución de la Confederación Latinoamericana de Trabajadores. Si bien no logra acreditarse por la obstrucción stalinista, el viaje le depara una sorpresa: obtiene una larga entrevista con León Trotsky. De esa experiencia surge luego el folleto “Conversando con León Trotsky”. El líder desterrado en Coyoacán le insiste respecto al carácter interimperialista de la Gran Guerra; guerra de mercados y de colonias, no de valores. También le hace ver la necesidad de lograr la unidad de América Latina para enfrentar con éxito al imperialismo. “Salí convencido –relata Mateo- de que yo debía adherir a la Cuarta Internacional”. A pesar de su militancia pro obrera no logra entusiasmarse con el peronismo. “Me vino a buscar Cipriano Reyes –dice-, pero no quise entrar (…). No dejo de reconocer que el peronismo trae aquí, si se quiere,  cosas que son positivas”. En sus últimos años se acerca a la Izquierda Nacional. Fallece en los primeros días de julio de 1973.

Ilustración: Luis Schinca. 

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Gerónimo Costa en el programa Galasso de media cancha. Militar de fuertes convicciones, realizó una defensa heroica de la isla Martín García. Murió fusilado junto con 115 de sus hombres, por orden del Gobernador Pastor Obligado.

Jerónimo Costa

Nace en Buenos Aires, en 1809, y desde muy joven se incorpora a la carrera militar. El 20 de febrero de 1827, participa de la batalla de Ituzaingó, bajo las órdenes del General Alvear. Cuando se produce el levantamiento de Lavalle contra Dorrego, Costa abandona al jefe unitario y se suma a las huestes de Juan Manuel de Rosas, a quien luego acompaña en su campaña al desierto. Luego es designado por Rosas como comandante de la isla Martín García. Allí, debe resistir a las fuerzas riveristas y francesas, que en connivencia con los unitarios exiliados en Montevideo, invaden la isla en octubre de 1838. Costa y sus hombres resisten hasta el final, pero la superioridad del enemigo logra doblegarlos. Tan heroica es la resistencia de Costa que el jefe francés, Hipólito Daguenet, después de rendirlo le devuelve la espada, e incluso le manda a Rosas una nota en la que resalta “los talentos militares del bravo coronel Costa y su animosa lealtad hacia el país”. Como hombre de Rosas, Costa se enfrenta en varias oportunidades con los ejércitos de Lavalle, Paz y Rivera. En 1852, cuando se produce la batalla de Caseros, Costa acompaña a Rosas al exilio durante algún tiempo y al regreso se incorpora a las filas de Urquiza. Con el jefe entrerriano asciende a coronel mayor, quien luego lo destina a Rosario para organizar la recuperación de Buenos Aires, que segregada por la miopía mitrista pretende convertirse en república independiente. A fines de 1855, Costa avanza con sus hombres y logra llegar hasta Villamayor, en el partido de La Matanza. Allí es derrotado por el coronel Esteban García que dirige las tropas mitristas. Pastor Obligado, entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, dicta una resolución, acordada también con Mitre, Valentín Alsina y Norberto de la Riestra, por la cual “serán pasados por las armas… los individuos titulados jefes que hagan parte de los grupos anarquistas capitaneados por el cabecilla Costa (…)”.  Así, con una simple resolución, sin condena judicial ni juicio previo, son fusilados 115 hombres, incluido Gerónimo Costa, el 3 de febrero de 1856. El diario porteño La Tribuna escribió que debían darse vivas al coronel Mitre, a quien se le deben estos sucesos.

Ilustración: Luis Schinca. 

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Tomás Guido en el programa Galasso de media cancha. Diplomático y militar de estrecha confianza de San Martín, lo acompañó en la gesta libertadora. Talentoso y hábil políticamente, fue varias veces ministro de Guerra y de Relaciones Exteriores.

Tomás Guido

Nace en Buenos Aires, el 1 de septiembre de 1788. De joven se compromete con la lucha patriótica combatiendo en las invasiones inglesas de 1806. Hombre de confianza de Mariano Moreno, participa en los acontecimientos de la Revolución de Mayo: es luego designado oficial de la Secretaría de Gobierno. Esta cercanía con el “Sabiecito del Sur” lo lleva a acompañarlo en el fatídico viaje a Londres en 1811, en el que Moreno fallece, al parecer envenenado. En 1814, Guido pasa a colaborar con San Martín como oficial mayor de la Secretaría de Guerra. Comparte con el Padre de la Patria largas horas en la estancia cordobesa de Saldán, convirtiéndose en hombre de su estrecha confianza y portavoz de la gesta libertadora. En 1821, en Perú, es nombrado ministro de Guerra, y en 1824, asume como Jefe del Estado Mayor del General Necochea. Regresa a las Provincias Unidas en 1826. Cuando cae Rivadavia,  Guido – opositor a ese gobierno-, se reincorpora a la función pública como ministro de Guerra de Vicente López y Planes. En 1828, Dorrego lo designa como ministro de Relaciones Exteriores. Posteriormente se manifiesta a favor de la Confederación, designado por Rosas como diplomático en Brasil (1840-1851).  Desde allí, mantiene una nutrida correspondencia con San Martín. En 1845, cuando se produce el ataque de la escuadra anglofrancesa por el río Paraná, tanto Guido como San Martín, expresan su enérgico repudio al inaudito avance colonialista. En el enfrentamiento entre Rosas y Urquiza, Guido se pronuncia a favor del jefe entrerriano, quien al tiempo lo designa ministro del Consejo de Estado. En diciembre de 1852, la oligarquía porteña, que ha dado el golpe separatista unos meses antes, lo obliga a desterrarse. Guido intenta regresar en 1857 para presentarse como candidato a Gobernador, pero el mitrismo le niega el ingreso a Buenos Aires.  Se radica entonces en Paraná, donde Urquiza lo asciende a Brigadier General. En la capital entrerriana se desempeña como vicepresidente del Senado de la Confederación. Luego interviene en las tratativas del Pacto de San José de Flores, celebrado entre Buenos Aires y la Confederación el 11 de noviembre de 1859. Fallece en Buenos Aires, el 14 de septiembre de 1866.

Ilustración: Luis Schinca. 

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Carlos Pellegrini en el programa Galasso de media cancha. Abogado, periodista y ferviente defensor de la industria nacional, fue diputado nacional,  senador nacional, vicepresidente y presidente de la Argentina.

Carlos Pellegrini

Nace en Buenos Aires, el 11 de octubre de 1846. Proviene de una familia acomodada, encabezada por su padre, el ingeniero y pintor Carlos Enrique Pellegrini. Cursa el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires, luego ingresa en la U.B.A., donde se recibe de abogado en 1869 con una tesis sobre “Derecho electoral”, en la que se manifiesta partidario del voto femenino. En 1872, es electo diputado provincial. Por esa época profundiza sus conocimientos de economía y comercio exterior que lo llevarán, más tarde, a ser un fervoroso partidario de la industrialización. Esta posición a favor de la industria nacional -ignorada por algunos autores que asimilan a Pellegrini con la oligarquía, a partir de su abolengo y su pertenencia al Jockey Club-,  es reafirmada en 1876, cuando resulta elegido diputado nacional. Allí, en la Cámara Baja, Pellegrini defiende con vehemencia y sólidos argumentos la necesidad de desarrollar una industria nacional, rechazando el proyecto que aboga por la libre importación, presentado por el ministro Norberto de la Riestra, de estrechos vínculos con los ingleses. Pellegrini cuestiona la división internacional del trabajo, impulsada por Inglaterra, y se niega a que la Argentina se transforme en la granja de las grandes naciones manufactureras.   Por esa época también participa del Club Industrial, junto a Vicente López y Rafael Hernández. En 1880, Pellegrini como ministro de Guerra de Avellaneda, sofoca la asonada mitrista que se opone a la federalización de la Ciudad de Buenos Aires. En 1886, acompaña a Juárez Celman como vicepresidente, reemplazándolo en 1890, cuando se produce la crisis que tumba al presidente cordobés. Pellegrini designa como ministro de Hacienda a Vicente Fidel López, un hombre de cuño proteccionista. Entre 1893 y 1895, se desempeña como presidente del Banco Hipotecario Nacional y luego asume como senador nacional. Sobre el final del siglo funda el periódico El País, desde donde continua su prédica a favor de la industria nacional. En 1901, lleva a cabo una renegociación  de la deuda externa, que si bien oxigena las finanzas lesiona la soberanía nacional, lo cual produce un escándalo y lo obliga a renunciar. En 1905, resulta nuevamente electo diputado nacional. Desde allí condena el fraude electoral y pide que “todos los ciudadanos gocen de iguales derechos”. Fallece el 17 de julio de 1906.

Ilustración: Luis Schinca. 

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Norberto Galasso y Fabián Mettler cuentan la vida de Aditardo Heredia en el programa Galasso de media cancha. Doctor de jurisprudencia, graduado con una tesis sobre “El sistema proteccionista en economía política”, evidencia el rol negativo que tiene el capital extranjero en la economía del país.

Aditardo Heredia

Aunque fue un personaje importante en su época, no existen referencias precisas sobre su fecha de nacimiento y muerte. Sí, se sabe, que nació en Buenos Aires, probablemente a mediados del siglo XIX. Aditardo Heredia cursa el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde es alumno de Victorino de la Plaza. Ya inscripto en la Universidad de Buenos Aires, se desempeña como redactor de la Revista Universitaria, fundada en 1873. Ese mismo año publica: Ensayo sobre filosofía moral. Luego colabora en la Revista de Derecho (1875), donde da a conocer un trabajo titulado: Bases del derecho criminal. En 1876, se gradúa como doctor en jurisprudencia con una tesis sobre “El sistema proteccionista en economía política”. Allí plantea que “la única manera de formar los capitales que el país necesita para llegar a un alto desarrollo económico es la protección de las industrias nacionales”. Más adelante agrega: “Es necesario formar capital para el desarrollo industrial del país. Ese capital se puede formar de dos maneras: paulatinamente, en el mismo país o trayéndolo del extranjero. Para formar capitales en el país es necesario evitar que los beneficios de la producción vayan a parar a las cajas extranjeras en lugar de acumularse aquí”. Como vemos, tiene una visión extraordinariamente lúcida –y en 1876-, respecto al rol negativo que juega el capital extranjero en las economías atrasadas. En otra parte dice: “Los capitales extranjeros, he aquí la medicina con que pretenden curar nuestros males los partidarios inconscientes de la perpetua subordinación de la República (…)”.  “¿Creéis –le pregunta a los cipayos locales- que la Inglaterra sería como es, la nación más rica del mundo, si los ferrocarriles que la cruzan, sus numerosas fábricas, sus minas de hierro y hulla y millares de naves perteneciesen a capitales extranjeros?”. Opositor a las ideas del liberalismo económico, critica asimismo la tendencia a importar teorías sin analizar su contexto de origen ni la realidad donde se aplicarán. Heredia preside en 1877 el Club Independencia, y en 1881, funda junta a otros jóvenes la Sociedad Geográfica Argentina. En 1889, preside la Convención Constituyente que sanciona una nueva Constitución para la Provincia de Buenos Aires. Pese a su enorme trayectoria pública, se desconocen datos de su muerte.

Ilustración: Luis Schinca. 

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