“Es hora de no tener miedo de decir una verdad clara: Donald Trump opera un gobierno organizado cada vez más según los principios fascistas”. Palabras más, palabras menos, es una afirmación inquietante. Sobre todo, porque esta afirmación no viene de los sectores que tradicionalmente se oponen a las estrategias de dominación de los EEUU, sino de la editorial de uno de los medios emblemáticos del país del norte: The Washington Post.

Es este el mundo que habitamos, y el debate en torno al papel del Estado incluye si este tiene que resignificarse en su rol protector o quedar al libre albedrío de la ley del mercado. Pero también lo que se está poniendo de manifiesto –y EEUU y Brasil son expresión de ello-, es el tinte fascista que puede adquirir el Estado, en tiempos en que aun con el voto de la gente se pueden encumbrar en lugares de poder brutales exponentes de ideologías reaccionarias y discriminatorias, asentadas en el odio a la diferencia y la mediocridad sin límite.

Entonces, en la contienda por el involucramiento del Estado -vía los gobiernos-, en el cuidado de la vida y en la garantía de derechos, la disputa de fondo alude al sistema, a la distribución del ingreso y al gran desafío de la construcción de sociedades más justas e inclusivas.

No es casual que frente a cualquier medida de tinte progresista, aun cuando se exprese en el plano cultural, las denuncias contra los gobiernos que la encarnan hablen de comunismo, Venezuela, Cuba, marxismo, zurdos, rojos. Con estos significantes, que por momentos adquieren visos delirantes, sean inscriptos de modo peyorativo o no, lo que están develando es la contradicción principal, lo que verdaderamente está en pugna. Más aun, cuando el Estado viene a intervenir -ahí donde expropiar quiere decir restaurar soberanía-, como respuesta a la estafa de los que –más allá de cualquier circunstancia-, no van a renunciar jamás a sus privilegios. Semejante operación de salvataje, establece una “empresa testigo”, podemos decir, de las medidas necesarias frente a quienes no resignan sus ganancias “ni un tantito así”, como nos enseñara otro exponente revolucionario, de quien se cumple en estos días, un nuevo aniversario de su natalicio.

Por eso la Sociedad Rural Argentina se manifiesta invocando el rol del Estado como tutor de los derechos de propiedad, por oposición a la intervención que supuestamente provocaría “problemas más graves que los que se pretende solucionar”. El problema es, precisamente, cuando algo del control sobre la acumulación de la riqueza –que nunca se derrama sobre los que más lo necesitan-, se impone, cuestionando la obscena impunidad a la que están acostumbrados.

No es una pelea fácil. Nunca lo fue. Y siempre se trató de la correlación de fuerzas, en todo tiempo y lugar histórico. El alcance de las medidas, el hasta dónde se pueda llegar, dependerá de eso. Por eso la batalla es también cultural, por eso es contra la ignorancia y la capacidad del ser humano de actuar contra sí mismo y ser funcional a los intereses ajenos, en desmedro de los propios. Aun sin proponérselo. Por eso la disputa es, también, por el sentido.

Y todo esto en medio de la cuarentena, circunstancia frente a la cual podemos decir que doblemente se tutela la vida. Salir de la cuarentena antes de tiempo no es salir del virus sino salir con el virus. Así como quedarse en casa no es resignar las ideas sino multiplicarlas en solidaridad con los otros y las otras, estrechando los lazos sociales que nos unan en contra de los poderosos.

¡Ahora y Siempre!