La historia ha demostrado sobradamente las consecuencias de los golpes de Estado para los pueblos. Y la nuestra es, en ese sentido, paradigmática. Una sucesión de democracias formales y asonadas militares desembocaron en el golpe más sangriento que conociera la historia de nuestro país. Secuestro, tortura, desaparición, muerte, cárcel, robo de bebés y un país devastado fue el saldo que dejó esa larga y oscura noche que marcó para siempre el suelo argentino. Y ese golpe no solo no fue un hecho aislado sino que fue diseñado para crear las condiciones de implementación de modelos neo-liberales –acá y en la región- que propiciarían acelerados procesos de concentración económica en beneficio de muy pocos y en desmedro de las mayorías.

Ni el más ingenuo de los mortales podría pretender sin efecto que alguien afirme en este país que no se llegará a las elecciones en el marco del devenir democrático. Los dichos de las personas tienen consecuencias. ¿Desde qué posición de enunciación se habla de un golpe? ¿Qué estatuto adquiere este decir? ¿Es una advertencia, una amenaza, un modo de poner blanco sobre negro a la hora de dejar en claro de lo que son capaces?

Hace tiempo se habla de las renovadas estrategias de dominación. La hegemonía y el repliegue de EEUU en América Latina y su incidencia en el mapa geopolítico fue adquiriendo diversos ropajes a la hora de tutelar su dominio. Lo que fue en la época de las Dictaduras la Escuela de las Américas donde se formaban los gendarmes del mal en las prácticas represivas norteamericana y con los métodos de los franceses en Argelia, fue tomando otras formas y expresiones. Socavando los cimientos de gobiernos elegidos por sus pueblos, fueron mellando las instituciones si quienes estaban a la cabeza no respondían al mandato de sus amos del norte.

¿Qué nos está diciendo el establishment? No es nuevo, ni es de ahora. En una región y un mundo convulsionado por el avance de gobiernos de derecha en donde el neoliberalismo más descarnado puso al desnudo un modelo gobernado por la lógica mercantil del capital, la pandemia dejó al desnudo el estatuto de mercancía que los seres humanos tienen en la era posmoderna. Hay quienes siguieron esa política de desprecio por la vida y también por la muerte, y quienes, en cambio,  pusieron el Estado al servicio de sanear un país arrasado por la irresponsabilidad de los dueños del dinero.

Otras expresiones de dominio han ido tomando fuerza en los modos en que se vulneran los derechos y las soberanías de los pueblos, lawfare, guerra jurídica; fake news, noticias falsas; son dos de las expresiones más ilustrativas de las estrategias de disputa de poder y los modos en que intentan legitimarlas operando sobre la subjetividad de las personas. 

La batalla es cultural. Hay dos disposiciones que en los últimos tiempos hacen a estas cuestiones en disputa: el decreto que declara servicio público a los servicios de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Telefonía celular, internet, televisión paga son claves hoy en esa pelea que hace a la transmisión del conocimiento, a la educación, y a la información en lo que implica su acceso como derecho humano.

La otra tiene que ver con la reforma judicial. Si los llamados golpes blandos tienen un escenario privilegiado en los pasillos reales de la familia judicial, algo que venga a conmover estos muros no será sin resistencia.

Pero el golpe en este país ha tenido también otros efectos, el más emblemático fue la fundación de un pacto civilizatorio que en la Argentina tiene su expresión más significativa en los blancos pañuelos de madres y abuelas que salieron desde la pérdida más profunda a enfrentar el poder y que instituyeron, para siempre, una respuesta imprescriptible: Memoria, Verdad y Justicia.

Ahora y Siempre