La primera condición de algo que tiene el estatuto de lo traumático es que irrumpe dejando en un primer momento sin recursos defensivos a aquel o aquellos frente a los cuales eso traumático se presenta. Arrasa con la barrera protectora de los seres humanos. Algo de esto pasó en un primer momento en los países de Europa en los que el virus de la pandemia se impuso por doquier con un alto costo de vidas humanas. Frente a esto, y luego de ese primer momento de estupor se hace frente a ese enemigo invisible y todopoderoso con los recursos que uno tiene. Y acá es donde entra el lugar que ocupa y la responsabilidad que le cabe al Estado. En Argentina, frente a eso desconocido que asoló a varios países en el mundo, la respuesta fue prepararse para lo que habría de venir, alinearse con las medidas estipuladas por los organismos internacionales y acondicionar el sistema de salud para optimizar la capacidad de respuesta. Y eso en el marco de un país devastado por cuatro años de neoliberalismo puro y duro, periodo en que fue gobernado por sus “dueños”, sin mediaciones, con consecuencias nefastas para el conjunto de la sociedad.

Los efectos de la pandemia en el planeta no son ajenos al injusto sistema en que este flagelo tiene lugar y eso pone de manifiesto la exposición y enorme desventaja en que quedan, como siempre, los sectores más desamparados, los desalojados del mundo. La globalización que diluía fronteras para la fluidez del capital y la mercancía, las cerraba para quienes iban en busca de nuevos horizontes en donde la existencia fuera más vivible, y en ese panorama ya por demás injusto vino la COVID-19 a acentuar la desigualdad, tanto respecto de las condiciones de vida como de las posibilidades de defenderse. La contienda es clara. Están quienes pelean contra el virus en preservación de la integridad de las personas y quienes se montan sobre él para tutelar su dominio. 

En ese contexto es que los seres humanos tienen que hacer frente a un panorama en que el afuera es por demás hostil y el futuro incierto. Y eso no es sin angustia, pero ese afecto, en tanto señal que prepara ante el peligro, es necesario para poner los recursos en juego. El achicamiento de la distancia entre la vida y la muerte pone sobre el tapete entonces la necesidad de articular lo singular y lo colectivo en tanto recursos del sujeto para hacer frente a lo traumático y las respuestas sociales solidarias para tutelar el bien preciado de la vida, acreedora de todos los derechos.

Hoy se apela a la responsabilidad de la gente para sostener el escenario al que con tanto esfuerzo se ha llegado con todas las dificultades y obstáculos que conocemos. Uno de esos obstáculos es el distanciamiento necesario para evitar la propagación del virus que en tanto seres sociales genera angustia. Pero esa angustia funciona -reiteramos-, como señal que prepara al sujeto frente al peligro, hacer de ella entonces un obstáculo fecundo, implica anteponer la pulsión de vida a la muerte, supone el cuidado propio inherente al cuidado comunitario del otro, de la otra y supone, en consecuencia, la defensa de la dignidad de sujeto. Acto que caracteriza una opción ética y solidaria. Ni más ni menos. Ahora y Siempre.