El filósofo Ricardo Forster participó del programa Filosofía Rock, donde reflexionó sobre la irrupción del movimiento feminista y analizó los efectos políticos y sociales de la pandemia, entre otros temas. «Lo que para mi generación era algo absolutamente aceptado, hoy para las generaciones más jóvenes es inaceptable, pero de una forma natural». «Me parece que estamos en un momento extraordinario de ruptura. Al menos de aprender a pensar una cantidad de cosas de otra manera», aseguró.

El filósofo Ricardo Forster se refirió a las transformaciones producidas a partir de la irrupción del feminismo: «Durante algún tiempo me dediqué a seguir las pistas de la tradición criptojudía, eran aquellos conversos quienes a partir de la famosa expulsión de 1492 de los judíos de España eran cristianos por fuera y judíos por dentro. La que se encargaba de iniciar a los hijos en los misterios de su propia religión era la madre».

«La mujer era la que guardaba la memoria, el saber, siempre me fascinó. Desde ese lugar creo que muchas cosas están pasando que me parecen muy potentes. Cuando alguien me plantea que vivimos una época muy escéptica, que nada puede cambiar, le digo de hacer un ejercicio: trate de trasladarse tres o cuatro años atrás y piense en su propia manera de ver su cotidianidad, en su lenguaje, en su relación con las mujeres y trate de ubicarse ahora. Lo que para mi generación era algo absolutamente aceptado, hoy para las generaciones más jóvenes es inaceptable, pero de una forma natural».

«Me parece que estamos en un momento extraordinario de ruptura. Al menos de aprender a pensar una cantidad de cosas de otra manera», señaló.

En relación a los efectos sociales y políticos de la pandemia, consideró que «es un momento muy complejo lleno de peligros, porque hay un nuevo maridaje del neofascismo y neoliberalismo», aunque destacó que «en las sociedades hay una comulgación de disidencia, rebeldía que no va a ser fácil de domesticar y la pandemia corrió velos: el de la desigualdad, la injusticia, la destrucción ambiental».

«Creo que estamos ante algo muy novedoso y conmovedor, y que son las miradas jóvenes las que mejor expresan una mirada crítica respecto a la extenuación de un capitalismo persistente», remarcó.

Forster también dedicó un momento a la reflexión sobre la figura del filósofo alemán Walter Benjamin: «Benjamin fue un pensador anfibio, porque transitó las aguas de la literatura, de la filosofía, de la crítica y la política. Fue un hombre absolutamente entramado en su época. Se suicidó en la frontera franco-española un 26 de septiembre de 1940 tratando de escapar de la ratonera en la que se había convertido Europa por el régimen nazi».

«Fue un pensador que intentó hacerse cargo de lo que sería hoy la memoria de los vencidos. Un filósofo que buscó que hablen aquellos que han sido silenciados, dar vuelta el discurso de los vencedores, terminar con la lógica de que cada proceso civilizatorio es un logro de la humanidad».

«Él dice ‘todo acto de cultura es al mismo tiempo un documento de la barbarie’. Precisamente porque detrás del discurso del progreso y la civilización está la violencia, la opresión y la dominación. Esa violencia a través de la cual los vencedores someten a los vencidos materialmente, pero también lo intentan en términos de la memoria histórica, anulándolos».

A su vez, analizó las transformaciones producidas por el neoliberalismo y aludió a la figura de otro filósofo alemán, Theodor Adorno.

«Para pensar estos últimos casi 40 años de neoliberalismo hay que pensarlo como una contrarevolución profunda que buscó hacer añicos esa oxigenación esta ordinaria que se desplegó por el mundo en los años ’60. Que abarcó la música, la filosofía, la política e implicó la posibilidad de ir hasta el hueso de un sistema criticado de una manera muy radical».

«Theodor Adorno en los años ’70 generaba una lectura crítica en un momento muy complejo, como fueron los finales de los ’70 y principios de los ’80. Tiempo de derrota muy profunda de las izquierdas a nivel global y de los movimientos contraculturales de los años ’60».

«Por lo tanto leer a la escuela de Frankfurt, a Adorno, en aquellos años era también salir de cierto dogmatismo, cierta pedagogía marxista demasiado escolástica muy propia de aquellos años que Adorno imposibilitaba y Benjamin generaba la posibilidad de ir por un camino más crítico. Para mí la posibilidad de sostener una mirada crítica del capitalismo con la sutileza del pensamiento frankfurtiano fue algo salvador», concluyó.

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