En nombre de la libertad. Sí, en nombre de la libertad, enarbolando ese significante tan caro a los sentimientos de la gente, lo que hacen quienes sustentan las expresiones más reaccionarias, es precisamente vulnerarla. ¿Qué es la libertad?  Entre otras cosas, alude a la facultad y derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad. Es decir, que en la medida en que el ser humano es acreedor de la libertad, portador de ella, es al mismo tiempo responsable de su usufructo, y esto implica, entre otras cuestiones, que entonces nadie sea impuesto a la pretensión de otros de forma coercitiva.

Y es todo esto lo que viene a quebrantar el discurso del odio y su consecuente pasaje al acto. Todo se trastoca. Quienes transgreden una cuarentena obligatoria establecida para preservar la vida, enarbolando irresponsablemente una libertad que allí no aplica, impiden con su agresión a quienes están ejerciendo libremente el oficio de informar, hacer aquello para lo que sí tienen libertad de hacerlo.

Si el odio está en la base del racismo, de la segregación, del rechazo a la diferencia, supone la destrucción del otro en la relación intersubjetiva, su negación total. Asistimos a la época que Lacan nombra como la civilización del odio. Y en la era de la modernidad líquida, ese odio encuentra “fáciles” racionalizaciones, pretextos que se nutren de “objetos cotidianos”. La guerra es un ejemplo de escenario de realización plena del odio. Pero también lo es quemar viva a una mujer en situación de calle, privar del aire a alguien hasta matarlo, torturar y desaparecer. Y también agredir y acorralar a periodistas. Podemos decir entonces con Kant que la pasión del odio anula la libertad, atenta contra ella.

En estos días, también en una acción sustentada en el odio, fue violentado un busto de homenaje a Osvaldo Bayer. La placa, que fue arrancada, transmitía un sueño de su autor: “un mundo con abejas y pan, y sin hambre y sin balas”. A una cuadra de allí hay también un monumento que recuerda a Rodolfo Walsh, sobre la plazoleta de los Derechos Humanos. Cuenta la leyenda que ambos amigos del alma salían por las noches a hacer de las suyas desandando injusticias.

Las luchas más nobles de nuestra historia tienen que ver con la verdad y la justicia. Cuando el sujeto se implica en la búsqueda de la verdad como tal es porque se sitúa en cierta dimensión de la ignorancia; lo sepa o no. Y eso es necesario. Comprometer al sujeto en una operación dialéctica poniendo al desnudo cuando se habla sin conocimiento supone oponer a la ignorancia las vías de acceso al saber.

Si propiciamos entonces contraponer al odio, como pasión, la ignorancia, que Lacan nombra como ignorancia docta –no sabia, sino formadora para el sujeto-, tal vez podamos conmover, desde nuestra posición ética, algo de lo peor de la condición humana. Ahora y siempre