Hace tiempo que venimos diciendo que la pandemia que irrumpió en la vida de la humanidad se presentó como un enemigo invisible que, acechando por doquier, venía a poner en peligro la vida de las personas. Este virus se constituyó así en una amenaza, desconocida e inesperada.

También decimos que la COVID-19, que en tanto virus con un alto poder de contagio puede atacar a todos por igual, no afecta sin embargo del mismo modo a todos los sectores de la sociedad, sabemos que los excluidos del sistema son carne de cañón precisamente porque la falta de acceso a una vida digna en lo que concierne a los más elementales derechos los torna indefensos respecto de los recursos para la preservación  de la vida.

Ahora bien, lo que no es para nada menor es en el marco de qué sistema y modelo económico viene a imponerse hoy este flagelo: y esto es en el contexto –al menos en la mayoría de los países a nivel mundial-, de un neoliberalismo feroz que encontró a la gente en situación de desamparo respecto del rol necesario de los Estados para enfrentar esta situación. Y es esta precisamente la amenaza: en un mundo profundamente injusto el modo de responder a la pandemia desde la lógica del mercado también devino consecuentemente injusto.

Salvo honrosas excepciones. Y en este punto la Argentina fue una de ellas, de la mano de un gobierno que puso el Estado al servicio de la gente, y adoptó tempranamente las medidas necesarias, cuarentena mediante, para hacer frente a esta enfermedad, con las herramientas que hay hasta el momento, que imponen el aislamiento social y el cuidado de cada uno y cada una por el semejante.

Ahora bien, todo esto ha sido en el marco de un país devastado por cuatro años de neoliberalismo puro y duro que llevó al extremo el hambre y la pobreza, y endeudó al país en beneficio de los privilegiados de siempre de los procesos de concentración económica. La Argentina gobernada por sus dueños, sin mediación, fue para ellos su propio paraíso fiscal y su fuente inagotable de riqueza. Así llegamos a la situación actual. Aquí y en todas partes. Un planeta marcado por la posmodernidad, que hoy se debate entre la lógica cruda del mercado y el sujeto mercancía; y la resignificación del lugar del Estado para sanear un mundo que agoniza.

En esa clave de lectura es que entran las expropiaciones e intervenciones de las empresas que se enriquecieron a sangre y fuego. Por eso Vicentin es un caso testigo, porque es un ejemplo paradigmático: fue terrorismo de Estado y empresa beneficiada, todo en una. Ambos escenarios necesarios para la acumulación desmedida de la riqueza. Y por eso la resistencia encarnizada de la derecha a esta medida. No porque venga el comunismo y se atente contra la propiedad privada, sino porque para sostenerse en ese nivel de acumulación y ganancia, lo que se tutelan son otras privaciones, las de la gente privada de sus derechos: el derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a una vida en dignidad. Es ese el trasfondo del asunto. Y su herramienta estratégica son los medios de comunicación.

Por eso seguimos trabajando, por la producción de conocimiento, la transmisión de un pensamiento crítico y la práctica de una acción que interpele la injusticia, por el respeto inalienable de los Derechos Humanos y la posición ética en el cuidado de la vida. Para que en el escenario sean otras y otros los protagonistas que escriban la historia.

Brújula y horizonte que guió la vida de aquellas generaciones en nuestro país: nuestros seres queridos. Ahora y Siempre