No es nueva la advertencia de que el problema no es el desarrollo tecnológico, sino al servicio de qué están puestas las nuevas tecnologías. Y tampoco es menos cierto que, en el marco del capitalismo, éstas reproducen las desigualdades y están mayormente destinadas a servir a los intereses de los poderosos.

En el contexto de la pandemia que acecha a la humanidad, esto cobra singular relevancia, más aún considerando los planes previos del mercado y la nueva realidad de la comunicación virtual con el uso de las redes en cuarentena, al calor del capitalismo del siglo XXI.

En el contexto del denominado capitalismo de plataformas y la economía digital, un nuevo tipo de materia prima cobra fuerza: los datos, a la luz de un modelo de acumulación que va de la mano, entre otras muchas cuestiones, de la precarización de la fuerza de trabajo. A mayor cantidad de usuarios, mayor cantidad de datos y mayor acceso a la vida privada de las personas, sus elecciones, preferencias, hábitos, vínculos sociales, etcétera, etcétera, etcétera. Las plataformas se tornan complejos monopólicos que se centralizan y se disputan una cada vez mayor cantidad de usuarios y datos que los involucran, para el desarrollo de nuevos mercados.

Extracción, análisis y control de datos pareciera ser, según los expertos, la principal actividad en disputa, facilitada por el gran exceso de liquidez, el excedente de capital ocioso y la recurrencia a los paraísos fiscales en resguardo de su competitividad.

Estos nuevos imperativos de acumulación generan efectos de red que profundizan y reproducen la misma lógica, que no es otra que la lógica del capital. Y esto es clave, tanto desde el punto de vista de la estructura económica, como en relación a pensar la subjetividad.

Si -podemos decir- la vida de las personas se escribe hoy en algoritmos, esto no deja por fuera lo que el sistema reproduce una y otra vez: la desigualdad y la exclusión, y allí es donde podemos hablar del fracaso del capitalismo en el punto en que no puede garantizar el acceso al consumo de las grandes mayorías que quedan excluidas, para reproducir su propia lógica. Círculo perverso que repite una y otra vez lo mismo: la segregación. Y arma la paradoja: ser escaneado e incluido como dato o descartado del sistema, que son en definitiva, dos formas de exclusión, si no cuando menos, de enajenación.

Cabe preguntarse entonces si las pantallas, que tienen hiperpresencia en la vida del mundo contemporáneo funcionan hoy como como espejos, que nos devuelven lo descarnado de la condición humana de manera virtual o como reflejos en donde lo humano se ve así, desdibujado entre las letras e imágenes, en las que lo singular se funde y se confunde.

Lo que hoy se ha dado en llamar el capitalismo 4.0 renueva sus modos de acumulación en función del desarrollo de la técnica y esto va de la mano con lo que anticipara Lacan, cuando decía aquello de que “nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”.

Entender el mundo en el que vivimos y en el que lo peor del sistema sumerge a sus habitantes, es el reto ineludible de la hora, porque la disputa por el sentido, su lectura y su deconstrucción, es precisamente lo que hace a la diferencia entre ser objetos pasivos del sistema o sujetos protagonistas de un nuevo destino para la humanidad.

Ahora y siempre.