NO ES MÁS RICO QUIEN MÁS TIENE, SINO QUIEN MENOS NECESITA

Este refrán, que no tiene fuente cierta, aunque algunos lo atribuyen a Buda, no resume en sí mismo la felicidad, pero sin dudas contribuye a desandar un camino impuesto por un consumismo voraz, que el neoliberalismo ha hecho cultura, a partir del dios Mercado.

En épocas dramáticas como las pandémicas, la crisis lleva a revalorizar otros aspectos de la vida, que habitualmente, en la vorágine diaria, son guardados en alforjas arrumbadas. Es que las crisis, en medio del dolor de la enfermedad y la muerte, o justamente por esa razón, de hacer consciente la finitud biológica, siempre escondida en la práctica diaria, permite desde los afectos derrotar la colonización y la pérdida de identidad que los procesos neoliberales dominantes imponen a los pueblos.

Si decimos que la Pandemia ha infligido al neoliberalismo algunas derrotas conceptuales, sobre pilares estructurales del pensamiento vertebral de esa concepción de la vida, que es su mirada ideológica, no estamos exagerando. Es que hace visible desde la crisis sanitaria mundial la fragilidad fútil, frívola y superficial de los ejes económicos, sociales y culturales del neoliberalismo, que hasta ayer nomás parecían la fuerza incontenible de la armada imperial y que hoy ha sido puesta en duda, al menos por ahora, en un lugar secundario de la política, por los pueblos y sus gobernantes.

Una de las derrotas más importantes que ha recibido el neoliberalismo a nivel mundial ha sido, sin dudarlo, la revalorización del Estado como el instrumento rector de las políticas públicas, al servicio del pueblo, en especial en esta etapa, en lo sanitario, que en manos del Mercado sólo provocó dolor y muerte, como en EEUU o Brasil, más algunos países europeos que reaccionaron tarde.

Es que el neoliberalismo dominante no aceleró la toma de decisiones conducentes a proteger la vida, como sí sucedió en nuestro país, a partir de haber elegido hace poco tiempo un gobierno sensible, nacional y popular, hasta ayer denominado peyorativamente y denigrado, por “populista” y hoy revalorizado por muchos sectores que adhirieron, en su momento fervientemente, a las privatizaciones de los servicios de salud y educación. Esa situación produjo el consecuente desmantelamiento de los sectores públicos hospitalarios y de los sistemas sociales solidarios de salud, educación y previsionales.

El Estado como ordenador social es el que permite superar las asimetrías sociales, concurrir en auxilio de situaciones comprometidas, tener línea aérea para traer insumos que faltan, evitar la caída de las empresas, asistir a millones de compatriotas a soportar una cuarentena tan prolongada como necesaria, en condiciones mínimas de calidad de vida, con alimentación plena y protección social, mientras intenta controlar el virus en su expansión.

Sin Estado presente y rector, el darwinismo social del neoliberalismo hubiese visto emerger las fosas comunes, como hemos observado en otras latitudes y la prensa hegemónica se dedicó a esconder.

Pero no fue el fortalecimiento del Estado a nivel mundial la única derrota conceptual del neoliberalismo. Hubo en esta Pandemia una recomposición de los lazos sociales solidarios de las comunidades. En nuestro país el pueblo comprendió que teníamos una causa justa por la cual luchar, un puesto de combate compartido socialmente, un destino común que construir. Volvimos en importantes sectores de nuestra comunidad a ser pueblo, frente a la siembra permanente neoliberal del individualismo egoísta, del éxito hoy, sin un mañana posible, de la mano de una concepción de meritocracia, que lleva a la diáspora social.

Ese aspecto instrumental, el Estado y el eje cultural, el de la solidaridad activa, son la base de la derrota actual del proceso neoliberal en el mundo y en la Argentina, aunque es probable que sus cultores económicos, que construyeron hegemonías políticas y culturales coloniales por décadas, no se darán por vencidos. Pero también es sabido que cuando los pueblos recuperan su conciencia, aunque hayan tenido años de repliegue, suelen trazar caminos de emancipación soberana.

La Pandemia pasará, en algún momento una vacuna o una medicación efectiva la vencerá, pero las enseñanzas que podemos asumir desde haber combatido juntos, sin dudas servirán para construir un destino mejor para nuestros hijos, donde los bienes materiales estén subordinados a los valores, la felicidad, el cuidado del medio ambiente, a los afectos cotidianos, a la preservación de los derechos sociales, a estar orgullosos de ser argentinos, de nuestros trabajadores esenciales que hicieron la vida más llevadera, de nuestros científicos que nos devolvieron la dignidad arrasada por 4 años de devastación y saqueo del patrimonio económico y cultural de nuestro país. También servirán para derrotar al odio instalado por ese hegemonismo colonial cultural, recuperando Verdad, Memoria y Justicia.

Reconstruyendo el concepto de pueblo se comienza a recuperar la Patria, y en esa dirección, una conciencia nacional que nos da identidad de Patria Grande, que nos legaron nuestros Padres Fundadores: San Martín, Belgrano, Artigas y Bolívar y que está esperando hace más de doscientos años su concreción soberana.