En poco más de tres meses, las muertes por coronavirus superaron en Brasil a las muertes por otras causas, como enfermedades, o por accidentes de tránsito y por homicidios. Ya son más de 50 mil las personas fallecidas y en casi cuatro meses alcanzó la cifra de 210 muertos por millón de habitantes. El país vecino se ha convertido en zona de riesgo para su población y para la región, como epicentro de la pandemia en América Latina y el segundo con más muertes en el mundo causadas por este flagelo. Tanto es así que en la programada apertura europea “pospandemia”, dentro de las medidas restrictivas a establecer, está mantener cerradas las fronteras para los viajeros provenientes de Brasil.

En cuanto a los países con más personas fallecidas, el primero, no es casual, es Estados Unidos. En una suerte de, en vez de separados, juntados al nacer -y si no fuera porque ambos se tornan escandalosamente caricaturescos, de la peor manera-, Brasil podría ser una parodia del gran país del Norte y su presidente un grotesco seguidor de aquel otro.

No es casual, decíamos, porque ambos sostienen su irresponsabilidad en el manejo de las políticas de salud repitiendo posiciones cínicas y canallas, renegando de las pautas que organismos internacionales recomiendan para la preservación de la vida y reproduciendo en tiempos de pandemia la ideología de discriminación, segregación y racismo que sostenían antes.

Mientras Trump estaciona tropas en las afueras de Washington para defenderse de (cito) motines de la “izquierda radical anarquista, terroristas” y Bolsonaro sobreactúa el “sueño americano”, la derecha no tiene fronteras y socializa consignas. Así, el fantasma del comunismo recorre virtualmente ya no Europa sino el mundo entero, en la disputa por el reino del día después, que la humanidad ya viene transitando según sean las decisiones que se toman atentando contra la vida o preservándola.

La medida más eficaz que se encontró hasta ahora para preservar la vida, es la cuarentena basada en el aislamiento social. Por eso, la disputa de fondo por la continuidad del control del mundo a manos del mercado, se traduce en la “anticuarentena”.

La cuarentena obviamente produce efectos en la vida de la gente, pero siempre son efectos secundarios de lo principal, que es la defensa de la vida; son entonces, mecanismos defensivos. En una crónica pre pandemia, un fotógrafo narraba que iba por una ruta en un pequeño pueblo de la India y se bajó a abrazar a una niña que estaba en el costado del camino. La niña empezó a llorar desconsoladamente y su hermana le explicó al viajero que vivían en la calle y que probablemente la fuerte emoción era por no poder recordar haber sido abrazada por nadie. La frase alude al recuerdo, no al no haber sido abrazada, sino a no poder recordarlo. Los recuerdos son reconstrucciones de vivencias perdidas. Y son lo que queda de esas experiencias, en la medida en que podamos acceder a algo de ellos. Como en las fotografías, que son un recorte en el tiempo, una imagen que detuvo esa escena, “un pequeño robo que le hacemos al tiempo”, dice nuestro artista.

Frente a situaciones traumáticas, las vivencias y sus recuerdos pueden reactualizar experiencias de vida que adquieren una significancia singular y esto puede poner en juego la añoranza de lo perdido. Pero la respuesta a la manifestación de emociones y afectos propios de los recursos defensivos del ser humano, frente a situaciones límite e inéditas de la vida, como la que hoy se está transitando, de ninguna manera debería ser atacar las medidas que las preservan, aunque estas mismas no sean sin efectos.

Hoy, el tiempo pareciera estar detenido, a la vez que la vorágine de los acontecimientos llena a la humanidad de incertidumbre. También los abrazos quedaron suspendidos a la espera de otro tiempo. En el mientras tanto, acciones solidarias y políticas de inclusión deberán venir al lugar de esos abrazos y afectos virtuales, para brindar a los más necesitados los recursos para garantizar su existencia, en un mundo que, vaya paradoja, está en deuda con la humanidad y viceversa.

Ahora y Siempre