No puedo respirar. Esa frase tan simple como contundente dio la vuelta al mundo asociada a una imagen que ninguna persona de bien puede despegar de sus pupilas, en donde, desafiante, un policía le muestra al planeta entero que se ha erigido en el dueño de la vida y de la muerte de esa víctima a quien ha inmovilizado y decide matar. Ahí está la responsabilidad.

Como suele suceder, muchas veces, un hecho determinado, injusto, infame, como es la impunidad de una persona para apropiarse de la vida de otra puede ser emblemático y representativo de la misma escena pero a nivel más ancho, más abarcativo y de mayor alcance.

Una imagen muy conocida que recorrió también las redes resignificada en su sentido es bien ilustrativa: la estatua de la libertad, emblema del Imperio del norte, es la que termina aplastando la vida. Así es, en nombre de ese valor humano tan mancillado, los Estados Unidos hace tiempo que vienen despreciando la vida, la de sus propios habitantes en manos de un gobernante irresponsable, que chancea con desinfectantes en lugar de ocuparse de establecer políticas sanitarias acordes con la gravedad del flagelo mundial que se está viviendo y la de otros pueblos del mundo, hostigándolos y vulnerando la soberanía y la libertad. Sí, aquellos que  dicen ser los paladines de su defensa.

No puedo respirar. Frase emblemática y representativa de lo que está pasando en un planeta en el que un virus maldito mata a la gente dejándola sin aire, con la anuencia de gobiernos irresponsables, que no asumen el rol que debieran para poner al Estado al servicio de la gente, y en un mundo en el que la injusticia y las violaciones a los derechos humanos lo tornan irrespirable.

Sí, hay algo irrespirable en este mundo. La desigualdad del sistema para enfrentar la defensa de la vida, la inequidad en la distribución de los bienes, la falta de acceso a los derechos más elementales de las personas y la irresponsabilidad de quienes, en defensa de sus lugares de privilegio, declaman libertades que nunca les han sido sustraídas, tratando de desgastar políticas públicas en defensa de la vida, planteando una dicotomía entre la bolsa y la vida, que no es –en todo caso-, la que ellos nos proponen.

La segregación, la discriminación, el racismo, el odio a la diferencia, no tienen fronteras. La historia de la humanidad sabe de eso. También lo sabe la lucha de los pueblos y nuestra propia historia. La construcción de un enemigo a destruir es siempre estrategia de defensa de los intereses de los poderosos y es también la peor expresión de la condición humana. Es lo que el filósofo situó del hombre como lobo del hombre y el padre del psicoanálisis como aquello de lo que es capaz el ser humano. Así, en El malestar en la cultura, Freud va a afirmar que, bajo determinadas circunstancias, el hombre puede revelarse como “bestia salvaje” que ni siquiera es capaz de respetar a los miembros de su propia especie. Y esa inclinación agresiva que perturba los vínculos con el prójimo, esa hostilidad en juego es la que se pone de manifiesto en la segregación y una amenaza permanente que acecha a la cultura. Va a decir acerca de la condición humana que el prójimo es convertido en “una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”. Se puede llamar cabecita negra, subversivo, pobre, inmigrante, según lugar y tiempo histórico. Puede ser llamado despectivamente un negro de los EEUU o un qom del Chaco. Y se puede poner en juego a nivel individual y a nivel social. Pero lo más inhumano de lo humano es acerca de lo cual debemos estar siempre advertidos. Ese goce oscuro que se implementa sobre la vida de sujetos y de sociedades. Todo eso tiene nombre. Los personeros de la muerte tienen nombres y también sus víctimas. Por eso “la cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos”. Y el camino es la construcción de sociedades más justas, la búsqueda de justicia y la defensa de los derechos humanos como columna vertebral. En la Argentina, esa posición de ética y dignidad también tiene nombre: son las Madres, son los treinta mil y el horizonte emancipatorio que guió y guía esas luchas. Ahora y Siempre.