“No eran simplemente nombres en una lista, éramos nosotros”. Éste fue el encabezamiento, hace unos días, de la tapa de uno de los principales diarios de los Estados Unidos. A ese titular le seguía una larga lista de 1000 nombres, uno tras otro, que, en la repetición de la letra, revelaba contundente el intento de graficar lo ingraficable: la magnitud del efecto, en ese país, de este virus implacable que ataca y destruye la vida. Y la repercusión en el mundo.

Hace tiempo ya que se viene denunciando por doquier la irresponsabilidad del gobierno norteamericano y la falta de respuestas que antepongan el derecho a la vida de su población. Esa página de nombres abultados, cuyas letras de imprenta se amontonan en el mismo destino, es apenas el uno por ciento del total de víctimas que hasta ahora se ha cobrado una pandemia de la que el presidente de los Estados Unidos se sigue mofando.

Y qué simbólica resulta también esa tapa a la hora de observar la posición de ese país respecto del mundo. El eterno desvalor de la vida. Atentan contra propios y ajenos. El valor es solo el atinente a la mercancía y la vida se torna eso para los dueños del dinero.

Se erigen en amenaza del mundo, bloquean y perturban fronteras, distribuyen sus bases militares, ponen sus escuelas al servicio de las estrategias de dominación que diseñan según el momento histórico y la defensa de sus intereses.

Mientras el planeta corrobora día a día que de esta crisis no se sale de manera aislada  -y en ese marco es clave el rol del Estado-, los mismos de siempre están, una vez más, listos para matar. De una u otra manera, con armas o dejando morir a la gente.

Y esa posición de fuerza que se materializa en las víctimas de esas políticas tiene siempre su correlato narrativo, su guión. Necesitan mentirle a la gente todo el tiempo, y que la gente les crea. Para eso apelan a los dolores, a las angustias, a la falta y a la incertidumbre. Mercantilizan lo humano y son la expresión de lo más inhumano de la condición humana.

La sensibilidad por la vida del otro, de la otra, tiene que ver con cuidarnos y cuidarlos. Con promover las medidas tendientes a la preservación de la salud y políticas inclusivas que protejan al mismo tiempo a los sectores más vulnerados. No es sin solidaridad, por eso nadie se salva solo. Y no es sin el Estado que administre la riqueza de su país a favor de los que menos tienen.

Mientras la Argentina se ha destacado en el mundo por el cuidado de la vida, hay quienes contraponen a esa fuerza del compromiso y la convicción, el poder de destrucción que los ha caracterizado siempre. Amparados –paradójicamente-, en el reclamo de “libertad”, para condenar a los demás al desamparo y la incertidumbre. Salvaguardarnos de la muerte es entender que el lazo al otro y a la otra, es retejiendo esas redes necesarias, y construyendo los modos de contrarrestar el guión mortífero de quienes no cesan de hostigar la defensa de los Derechos Humanos. Ahora y siempre.