Entre las innumerables reflexiones que circulan respecto de la realidad que estamos viviendo, hay algunas que reflejan el padecimiento, el modo en que muchos sectores de la población mundial están siendo afectados por las consecuencias de la pandemia.

Que “la pobreza genera epidemias y las epidemias generan más pobreza”, y que la pandemia de Covid 19 no hace diferencia, sino que la diferencia la hace el estado de vulnerabilidad, son algunas de las consideraciones que escuchamos respecto de esta realidad que afecta a todos y todas en su carácter universal pero que luego en lo particular se vuelve implacable e inequívoco cuando alcanza a los sectores más indefensos. La pandemia, como su nombre lo indica, es global pero sus efectos desenmascaran las desigualdades.

Y esto vuelve a colocar en el corazón del problema al propio modelo neoliberal, es el sistema el que genera la pobreza y la pobreza se convierte en arma letal contra quienes la padecen.

Dijimos en otras oportunidades que un fantasma recorre el mundo, pero no un fantasma de aspiraciones emancipadoras, como se supo nombrar en aquella época de la historia, sino que esta vez se trata de un fantasma de muerte e incertidumbre que ya se ha cobrado 250.000 víctimas. Pero hay algo que nos remite en algún punto a aquella disputa de la llamada “guerra fría”, y es que uno de los contendientes, vuelve a mostrar al mundo lo peor de su antihumanismo en juego: casi un tercio de esas víctimas son de los Estados Unidos, superando, esa cifra, a los caídos de ese país en la guerra de Vietnam. Aquella vergonzosa infamia que quedó como marca indeleble del alcance de la ignominia. ¿Qué hiciste tú en la guerra, papá?, habría de preguntarse el pueblo norteamericano frente a esa incursión oprobiosa que quedaría inscripta para siempre con el estatuto de trauma para esa sociedad. El contraste se pone de relieve, a diferencia de la ficción, en que la historia no se repite aquí como comedia, sino nuevamente como tragedia. Se trata de la depreciación de lo simbólico a simulacro en el reino del mercado. Ética y poder se expulsan así en un divorcio indisoluble para hacer lugar al imperio de la ley de hierro.

He ahí la responsabilidad del Estado. Atentar contra la vida o preservarla. Es esa la discusión de fondo que se puede leer entre líneas -o manifiestamente, a juzgar por los dichos de gobernantes inescrupulosos-, en el discurso que pretende imponer la llamada prensa hegemónica. Y por eso hoy la derecha fogonea buscando debilitar el consenso de la #argentinaunida bajo el lema de quitarle el poder al gobierno. O azuzando aquel fantasma sin viso alguno de realidad, a sabiendas de que en su discurso descabellado siempre algo instalan.

El virus vino a visibilizar el rol del Estado en desmedro de la cantinela neoliberal y pone al descubierto la obscena inequidad inherente a ese modelo.

En dos registros diferentes, a nivel de la estructura económica, y en el día a día actual de la lucha por la salud, la disputa es la misma y la balanza se inclinará de acuerdo hasta donde se incline la correlación de fuerzas. El hilo conductor en ambas es la defensa de la vida y una de las grandes proposiciones que la ampara es la defensa de los Derechos Humanos.

Ahora y Siempre.