La gran conclusión de esta pandemia es que somos vulnerables, reza una de las tantas declaraciones que escuchamos y leemos todos los días en la prensa mundial respecto de este nuevo atacante que vino para quedarse. Sí, por muchas razones, este mundo ya no será el mismo, aunque no sepamos cómo será. Este mundo, hecho de injusticias y amasado de neoliberalismo impiadoso, se ha mostrado sin velo, a todas luces incapacitado para alojar saludablemente a las inmensas mayorías que lo habitan.

Muertos de a miles se anuncian por día en las tapas de todos los diarios, en una alocada cacería en la que la Covid-19 va devorando sin pausa y con prisa a sus presas. Las mismas portadas en donde antes los números hablaban del valor “desatado” del dólar y de deudas siderales impagables, resumen el fin de vidas humanas, en un conteo imparable que puede usar la misma pizarra para hablar de una u otra cosa. Números vaciados de contenido, que se relacionan entre sí.

Y todo ello en un escenario virtual en el que todas las voces hablan a la vez, mientras los espectadores asisten desconcertados a una guerra que, más allá de las formas que adopte, dejará un tendal más de pobres y ausentes en este mundo. Los de siempre, los convidados de piedra, los descartables, “los infectados de desigualdad”, como oportuniza la prensa hegemónica cuando decide nombrar a los olvidados del planeta, la parte más delgada del hilo que es por donde finalmente se corta la vida.

Pero también es cierto que esta crisis viene a decirle al mundo del fracaso de este modelo pretendido paraíso de felicidad, que en su estrepitosa caída deja al desnudo hasta lo obsceno del discurso. Por eso la misma prensa de los países centrales pone hoy como ejemplo a la Argentina, para decir que está mostrando al mundo cómo es posible priorizar a la gente antes que las ganancias. Sí, poner la vida como la protagonista de la escena, porque sin ella no hay ninguna posibilidad de otra cosa.

Por eso resultan también sumamente cínicos los debates que nos proponen “la bolsa o la vida”, cuando en realidad se nos plantea una falsa dicotomía, diría Lacan: “Si elijo la bolsa, pierdo ambas. Si elijo la vida, me queda la vida sin la bolsa, o sea, una vida cercenada”.

Mientras tanto, quienes se disputan la bolsa –ya no en su solo valor metafórico- la engrosaron siempre a costa del cercenamiento de los derechos de los más débiles y abandonan el descarte del sistema –los miles de muertos-, a su suerte –literalmente-, cual imagen de película de ficción, en la que el futuro deviene presente descarnado.

Se cumple en la Argentina el primer mes de cuarentena. Y digo el primero, no porque no sepamos cuánto más se extenderá esta medida de aislamiento y resguardo, sino porque hay prácticas que llegaron para quedarse. Al menos proposiciones que se tradujeron en acciones cotidianas: el cuidado del otro, de la otra. La profundidad de lo que implica, trascendiendo las medidas sanitarias, la afirmación de que nadie se salva solo, y de que el cuidado del otro y de uno mismo son una sola cosa. Y el valor que adquirió el concepto de solidaridad.

Pensemos entonces por un momento en el contenido de la Bolsa. Pongamos allí los Derechos Humanos, aquellos de los que todas las personas son -o al menos deberían serlo-, acreedoras. ¿Quiénes deberían ser entonces los verdaderos beneficiarios de la bolsa? ¿Y de la vida? Porque una es inherente a la otra. Una vida de dignidad por la que luchó una generación comprometida con la causa de los Derechos Humanos como columna vertebral de la existencia.

Ahora y siempre.