La humanidad entera está siendo amenazada al mismo tiempo. Y esta amenaza tiene el nombre de pandemia. Esta vez, el enemigo es un virus que se desplaza invisible y veloz entre las personas, por todo el mundo. Así estamos. Ninguna de las generaciones vivientes transitó jamás esta experiencia. Y un tema común nos atraviesa y preocupa a todos y todas. Todos los diarios del mundo hablan de eso. Se cierran las fronteras para un flagelo global que está al acecho, en cualquier parte.

Ese peligro que vino a poner en jaque al planeta puso sobre el tapete la incapacidad del capitalismo para resolver los problemas de la gente, de la vida, del acceso a derechos, y las limitaciones del reino del mercado.

En un mundo neoliberal, en el que la lógica del capital se impone por encima de las necesidades y los derechos de las personas, las condiciones para enfrentar la pandemia renuevan los debates acerca de la vigencia del rol del Estado en la garantía de derechos tales como la salud y la educación, entre otros.

Hoy es llamativo escuchar a los más directos exponentes y defensores del neoliberalismo coincidir con históricos postulados enarbolados de este lado de la grieta, no de aquél, acerca de la necesidad de repensar esta cuestión. El Estado, la deuda, la economía versus la vida, se visibilizan en todas las agendas de discusión. El flagelo del virus reactualizó la cuestión de fondo. ¿Qué tipo de sociedad prioriza la vida de las personas? O, ¿qué modo de organización socio económica puede hacer frente en mejores condiciones, para tutelar la existencia?

En esa línea, un editorial del Financial Times, de Londres, Inglaterra, en donde el propio primer ministro es víctima de la enfermedad, tituló por estos días que “el virus pone al descubierto la fragilidad del contrato social” y que “se requieren reformas radicales para forjar una sociedad que funcione para todos”. Y hasta se formula la pregunta por el día después, la pregunta del millón: “si los sentimientos actuales de propósito común darán forma a la sociedad después de la crisis”.

También el humor manifiesta la gravedad del asunto: cito un chiste que circuló en las redes, “casinos e iglesias están cerrados; cuando el cielo y el infierno se ponen de acuerdo quiere decir que la cosa es seria”.

Más allá de los profundos y válidos anhelos de justicia social, solo una mirada ingenua puede suponer una resignación de la lógica de ganancia inherente al capital. La historia de la humanidad lo ha demostrado una y otra vez. Pasada la tormenta -en donde el mundo sin duda no será el mismo-, la puja -que no ha cedido de ninguna manera- recobrará sus bríos. Lo podemos leer en el escenario local, en el discurso siempre desestabilizador hacia las políticas oficiales que ponen el eje en priorizar la vida y lo vemos también en la geopolítica mundial, en donde los Estados Unidos, aun siendo uno de los países más castigados, aprovecha la incertidumbre para profundizar amenazas y bloqueos a países y pueblos hermanos. Y eso nos afecta a todos y todas. Y en medio de la situación de pandemia atentan doblemente contra la vida.

En la Argentina se respondió con una política de Estado, a pesar de las enormes dificultades de un país devastado por cuatro años, decíamos, de antiderechos. Y a pesar de que siempre en situaciones límites se ponen de manifiesto las miserias humanas, es notable la reivindicación de la solidaridad en el #NadieSeSalvaSolo y el llamado a quedarse en casa porque cuidándose uno cuida al otro y a la otra, y viceversa.

Esta sociedad sabe de resistencias y de luchas, y el desafío es las formas que éstas adquieren según el tiempo histórico, el enemigo a enfrentar y la respuesta responsable e inteligente que el momento requiere.

Mientras tanto, siempre, pero siempre, siempre, está en nuestro horizonte, la convicción de que #OtroMundoEsPosible.

Ahora y siempre.