Abuela, vení a ver las estrellas que colgamos del cielo. –me dijo mi nieto visiblemente entusiasmado, en plena tarea de idear iniciativas creativas en tiempos de preservación de pandevirus.

Cuando entré a la habitación, una cantidad de estrellas de cinco puntas colgaban de una serie de hilos pegados al techo. ¡Qué hermosas estrellas! ¡Y son un montón!, -le dije, festejando su alegría. ¡Contalas, abuela, contalas! -me intimó orgulloso. Conté once. A sabiendas de que padre e hijo habían colocado diez, y la onceava era el reflejo de una de ellas en la pared por su ubicación respecto de la luz.

La imagen me llevó directamente a la alegoría de la caverna, de Platón. En donde la pregunta es precisamente por el conocimiento y cómo se puede captar la existencia de dos mundos: el mundo sensible, el que se conoce a través de los sentidos, y el mundo inteligible, que queda más del lado de la razón. El filósofo parte, para explicar el acceso al conocimiento, de la situación de un grupo de prisioneros que, encerrados en la profundidad, sólo acceden a ver las sombras de objetos que se proyectan en las rocas de la caverna en donde están encadenados. La distancia entre el mundo real y su imagen a través de las apariencias de las sombras de los objetos se desvanece. ¿Qué lo real y qué su representación? En el relato, es Sócrates quien explica a Glaucón las etapas del acceso al conocimiento, para llegar finalmente, liberado de las cadenas, al mundo superior, el de las ideas, las estrellas, la luna y el sol.

La sombra de la caverna me evocó irremediablemente otra experiencia: el submundo de lo que fue el centro clandestino de detención, tortura y exterminio “Club Atlético” durante la Dictadura. Se cumplieron hace pocos días 44 años. Lastimados, sucios, hambrientos, encadenados, enjutos y con los ojos vendados esperábamos el turno para ingresar al baño en un “trencito” de horror y de muerte que ponía de relieve precisamente lo peor de la condición humana y la pregunta por ella. “Sacate la venda y mirá la luz del sol”, me dijo el médico, también secuestrado, que nos asistía en la enfermería del lugar. Como al prisionero de Platón, la luz hirió lo más hondo de mis pupilas, esas desde las que, cuando uno enfoca bien, se puede vislumbrar el alma.

Tan cerca y tan lejos de “la civilización” el mundo continuaba andando. Nadie sabía dónde estábamos, enterrados en vida. ¿Cuál era la realidad entonces? ¿La rutina cotidiana de una ciudad y un país en el que los dictadores declamaban que “los desaparecidos no están, no existen, no tienen entidad, no están ni vivos, ni muertos”? ¿Las cavernas en donde estaban recluidas treinta mil personas?  ¿O las sombras que irrumpían en silencio por los resquicios, enceguecidas, introduciendo siluetas éxtimas, mientras otras tantas multiplicadas por otras tantas las estaban buscando?

En la Argentina la experiencia de lucha por Memoria, Verdad y Justicia instituyó una resistencia de vanguardia, directamente proporcional a la magnitud del horror. Hablamos de la condición humana. La que puede poner en juego lo peor y también lo mejor. Hoy otra vez una Argentina de vanguardia es reconocida en el mundo por priorizar los Derechos Humanos,  por hacer de su respeto el contrato social. Resumido éste en la #ArgentinaUnida, #QuedateEnCasa, #NadieSeSalvaSolo. Y todo ello en un país devastado, arrasado por la lógica del mercado que primó durante cuatro años en donde la prioridad fue el antiderecho. Por eso enfrentarse hoy a este enemigo invisible es una ardua tarea, porque los recursos y herramientas para hacerlo desde cada persona, desde cada familia, son desiguales y por eso la importancia de que los Derechos Humanos sean enunciados como columna vertebral de la Argentina y de sostener ese enunciado construyendo un sujeto de la inclusión social en consecuencia, donde todos y todas tengan acceso al derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a la vivienda. Por eso luchaba esa generación que quiso cambiar un mundo que hoy pide a gritos ser cambiado y que pone de manifiesto el fracaso del capitalismo.

El gran debate es hoy justamente por la transmisión del conocimiento, la batalla cultural, la lucha por el sentido común, la construcción de la opinión pública, la colonización de la subjetividad, o como queramos llamarlo, según los tiempos históricos, el modo de nombrarlos y el desarrollo de la técnica. También podemos pensar en la industria del conocimiento y la responsabilidad de implicarnos en idear los modos de transmisión que contribuyan a deconsistir las operaciones mediáticas que, en última instancia, y hoy lo estamos viendo de nuevo escandalosamente, atentan contra la vida.

A la mañana siguiente conté de nuevo las estrellas. Eran diez. La onceava ya no estaba. No me inquieté, a la noche, y con la luz reflejada en la pared, iba a volver a aparecer mi estrella. Al fin y al cabo, y en un cielo que nos comprende a todos, son treinta mil.