Hace 44 años asolaba el país la dictadura más sangrienta que conociera nuestra historia, en el marco de una sucesión alternada de golpes militares y democracias formales que precedieron a la larga y oscura noche que habría de enlutar para siempre los hogares argentinos. Treinta mil detenidas y detenidos-desaparecidos, miles de exiliados y exiliadas, presas y presos políticos y sociales, robo de bebés fueron el saldo más terrible de los años de plomo.

El autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, que vino a sistematizar y generalizar el accionar de los grupos paramilitares y parapoliciales, apuntó a desarticular los lazos sociales solidarios para evitar toda resistencia y crear las condiciones de implementación de modelos económicos de exclusión que habrían de propiciar una acelerada concentración de la riqueza en manos de unos pocos y en desmedro de la mayoría de la población.

Por eso el 24 de marzo de 1976 fue también un golpe inaugural y generó, a su vez, una resistencia inédita y proporcional a la magnitud de la represión. Así nacieron entonces las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas, los Familiares, que salieron a buscar a sus seres queridos desaparecidos en las tinieblas del horror. Por eso hoy la desaparición forzada de personas devino en nuestro país la “presencia permanente de una ausencia” y por eso la resistencia de las Madres y del movimiento de Derechos Humanos y otros actores sociales se convirtió en imprescriptible, adquiriendo la misma calidad del delito que le dio origen.

Y por eso se fundó en Argentina un pacto civilizatorio, un contrato social. Y por eso los Derechos Humanos son la columna vertebral de este país y de este pueblo. Y por eso los pañuelos blancos tiñeron de otros colores, otras luchas. Y por eso el clamor del Nunca Más se convirtió en un reclamo que se extendió a otras vulneraciones de derechos.

Nuestro país fue otro después de las Madres y la lucha por Memoria, Verdad y Justicia, un capital simbólico tangible e intangible que ellas nos legaron, nos enriquece y ennoblece nuestras vidas.

Esta vez otro fantasma recorre el mundo. Una pandemia que, agazapada en cualquier parte, resulta peligrosamente invisible. Es llamativo cómo en estos tiempos de aniversario de la peor noche que viviera nuestro pueblo, muchos y muchas se referencian en la capacidad de las Madres y de su lucha desigual y solidaria para hacer frente a algo hasta entonces desconocido. Es enorme la distancia entre una y otra experiencia histórica. E incomparable. ¿Cuál es entonces el hilo conductor? La condición humana. La capacidad del ser humano para construir un saber hacer aún en las situaciones más adversas por oposición a la capacidad también de destruir el mundo en el que vivimos, y no tener ningún límite –ninguno, repito- a la hora de tutelar riquezas e intereses mezquinos. La situación que estamos viviendo en esta mundialización neoliberal de la vida es gravísima y requiere de una gran responsabilidad del Estado y de sus ciudadanos y ciudadanas.

En eso estamos. Tutelando por encima de todo la preservación de la vida porque es el deseo decidido más profundo que nos orienta y nos causa. Por eso conmemoramos esta fecha paradójicamente aislados en la comunión más transversal fundada por Ellas, desde esa lucha infinita, aislados para cuidar al otro, a la otra, pero unidos por los pañuelos blancos que sobrevuelan nuestras almas y nuestras convicciones, con los nombres de nuestros seres queridos aleteando en nuestro pensamiento y con su impronta y sus ideas Presentes! Ahora y Siempre!