En una pandemia el terror adopta una progresión numérica: 23 mil infectados, 2200 muertos; 23500 infectados, 2234 muertos y así. La muerte pasa a ser diariamente cuantificable y los grandes medios se transforman en calculadoras donde irrumpe la progresión de esos números ascendentes.

Pero en Argentina, la política ha tomado el control del discurso sobre la pandemia. Ese discurso dice más o menos lo siguiente: si te recluís en tu casa, te cuidás del virus del otro y cuidás al otro de tu virus. ¿Cuál es su particularidad? Crea una ciudadanía en la esfera privada. Más aún: en este discurso, el ciudadano sólo se constituye en la medida que abandona la esfera pública.

Por eso este discurso es simultáneamente la patria y el virus. Es la patria porque lo cuido y es el virus porque me cuido de él. El reverso de la solidaridad es la paranoia. Lo virtuoso en este relato es que funcionan juntas.

Estamos ante una combinación discursiva muy novedosa: la solidaridad, en ese discurso, consiste en cuidar al otro de mí mientras yo me cuido de ese otro. Al revés: ese otro se cuida de mí mientras yo me cuido de él. El interés individual es, simultáneamente, el interés colectivo. Por supuesto, según dónde se pone el énfasis ese ciudadano de la esfera privada actúa más por él o por el semejante. Es decir: procede más por la Patria o por el virus. Pero ambos movimientos son igual de eficaces para llevar las relaciones sociales al mínimo. El virus no circula si no circulan las personas. Solidaridad y paranoia funcionan juntas en la tarea de reducir los intercambios.

Por eso, creo que ese discurso es tan eficaz: quienes lo adoptan expresan su interés individual y gestionan su miedo personal pero, además, obtienen los beneficios subjetivos de aparecer como quienes ejercen la responsabilidad, la solidaridad y el cuidado del otro.

En paralelo, los que no se cuidan ni cuidan al otro son rápidamente aislados por este discurso del consenso. Hay un control imperial, el virus, que precede de afuera, al que nos oponemos la totalidad del país. No hay nadie que esté a favor del virus. Este viene sólo y actúa solo. No tiene alianzas locales. No hay una tercera posición porque tampoco hay una segunda.

La lucha contra el virus representa el máximo grado de unidad nacional y, al mismo tiempo, el grado cero de «la grieta». En cualquier antiimperialismo hay lo que históricamente se denominó «cipayos», es decir, ciudadanos locales a favor de ese agente externo. La oposición a este agente foráneo llamado coronavirus conforma un mundo interno sin cipayos. Unidad plena y absoluta.

No hay en la historia contemporánea en la Argentina un grado tal de unidad nacional.

Sin embargo, nunca una unidad es sin desechos. Siempre hay algún afuera constituyendo esa unidad. En este caso, se me ocurre uno, aunque hay otros: los jóvenes en motos y bicicletas que llevan deliverys haciendo largas colas mientras esperan los pedidos.

Ello es la imagen de la división clasista del aislamiento. Algunos sectores de la sociedad para estar aislados utilizan los servicios de estos jóvenes que les llevan la comida a la casa. No salen ellos porque otros van hacia ellos. Pueden aislarse porque otras se someten al mundo de los virus.

Crean una nueva división social: los que se protegen de los virus exponiendo a otros a los virus. Es la distribución desigual del riesgo: unos lo reducen a expensas de otros.

Pero son «detalles» de un discurso que funciona y quizás nos salve.